El Secreto del Bastón Negro

Parte 2:

El cuerpo inerte del hombre de traje atraía miradas furtivas de los transeúntes, pero nadie se atrevía a acercarse. La anciana, aún sosteniendo suavemente la mano del niño, se inclinó para recoger la caja de madera astillada y los botes de betún esparcidos por el suelo.

—¿Cómo te llamas, pequeño? —preguntó ella, su voz ahora cálida como el sol de invierno.

—Mateo, señora… —tartamudeó el niño, limpiándose una lágrima mezclada con hollín. No podía apartar la vista del bastón negro en la mano de su salvadora.

De repente, un sonido metálico y rítmico rompió el silencio. No venía de la calle, sino del interior del bolsillo del traje del hombre inconsciente. Era un comunicador antiguo, emitiendo una señal cifrada.

La expresión de la mujer se endureció. De un movimiento rápido, recuperó el aparato. La pantalla parpadeaba con un solo símbolo rojo: un halcón bicéfalo.

—No fue una coincidencia, Mateo —murmuró ella, más para sí misma que para el niño—. Ellos saben que estoy aquí.

Antes de que Mateo pudiera preguntar a qué se refería, tres furgonetas negras sin matrícula derraparon en la esquina, bloqueando ambos extremos de la calle. Las puertas traseras se abrieron de golpe. Hombres vestidos con equipo táctico pesado comenzaron a descender, armados no con armas convencionales, sino con bastones electrificados que emitían un zumbido amenazante.

El líder del escuadrón, con el rostro oculto tras un visor oscuro, señaló directamente a la anciana.

—Objetivo localizado. Código: ‘La Araña de Plata’. Autorización para neutralizar.

La mujer suspiró con pesadez, soltando la mano de Mateo.

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—Quédate detrás de mí, niño. Y pase lo que pase, no mires directamente a la luz.

Con un clic casi inaudible, la mujer giró la empuñadura de su bastón negro. El objeto, aparentemente de madera, se dividió en dos segmentos unidos por un cable de acero incandescente, revelando su verdadera naturaleza: no era un apoyo para caminar, sino un arma de origen desconocido que pulsaba con una energía azulada.

—Hace veinte años que los dejé en paz —dijo ella, alzando la voz por encima del zumbido eléctrico de sus atacantes—. Veo que el “Sindicato” aún no aprende a respetar el retiro.

El primer hombre cargó hacia ella. La danza letal apenas comenzaba, y los secretos de su pasado estaban a punto de desatarse en las calles de la ciudad.

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