Parte II:
—El ladrón no soy yo. Lleva tu misma placa…
Las palabras de Harold Bennett cayeron sobre Jessica como agua helada. Antes de que su mente pudiera procesar la magnitud de esa acusación, el eco metálico de la puerta de seguridad rebotó en las paredes de mármol del banco.
Los gritos ahogados de los rehenes se silenciaron de golpe. El aire se volvió espeso, casi sólido.
Por el pasillo que conectaba el vestíbulo principal con la cámara acorazada de las cajas de seguridad privadas, una figura emergió de las sombras. Llevaba equipo táctico negro, un chaleco antibalas pesado y un rifle de asalto sujeto al hombro con una correa. Su rostro estaba parcialmente oculto por una máscara balística y el polvo del yeso desprendido del techo, pero el uniforme era inconfundible. Era uno de los suyos. Equipo SWAT del departamento.
Jessica sintió que el suelo desaparecía bajo sus botas. La insignia en el hombro del hombre brilló bajo las luces de emergencia rojas parpadeantes.
El oficial Hayes, aún apuntando a Harold, giró la cabeza bruscamente hacia la nueva amenaza. —¡Alto ahí! ¡Identifícate!
El hombre armado no se detuvo. Caminaba con una precisión escalofriante, arrastrando una pesada bolsa de lona negra con su mano libre. Cuando llegó al borde del vestíbulo iluminado, se llevó una mano a la cara y se arrancó la máscara.
—Baja el arma, Hayes —dijo una voz grave, áspera por el humo.
Jessica sintió que se quedaba sin aire. Era el Teniente Marcus Vance. Su superior directo. El hombre que había firmado su evaluación para entrar a la unidad K-9. El hombre que había coordinado la respuesta a esta misma alarma.
—¿Teniente? —balbuceó Hayes, bajando el cañón de su pistola unos centímetros, consumido por la confusión—. ¿Qué… qué está haciendo aquí adentro? ¿Y el perímetro?
Vance no miró a Hayes. Sus ojos fríos, del color del acero viejo, se fijaron directamente en la extraña escena frente a él: Jessica con el arma a medio alzar, un anciano arrodillado y un pastor alemán protegiéndolo ferozmente.
Y entonces, Rex reaccionó.
Si el gruñido que el perro le había dedicado a los oficiales antes había sido una advertencia, lo que salió de su garganta ahora era pura intención homicida. Rex dio un paso hacia adelante, alejándose apenas unos centímetros de Harold para interponerse directamente en la línea de visión de Vance. Sus ladridos resonaron como disparos, salvajes, guturales, cargados de un odio que Jessica jamás le había visto. El perro tiraba de una correa invisible, listo para destrozar al teniente.
—Hiciste un buen trabajo asegurando al sospechoso, Miller —dijo Vance con voz monótona, ignorando al perro y señalando a Harold con la barbilla—. Es el hombre que estábamos buscando. El cerebro detrás de la toma de rehenes. Mátalo.
Jessica se quedó paralizada. —¿Qué? Teniente, él no está armado. No es una amenaza.
—Te di una orden, oficial. Ese hombre tiene un detonador bajo la chaqueta. Dispara, o lo haré yo.
—¡No! —gritó Harold, apretando las manos contra su pecho—. ¡Jessica, escúchalo! ¡Vino a destruir las pruebas!
La mente de Jessica giraba a mil por hora. Nada encajaba. El protocolo dictaba negociar, asegurar, desarmar. Un teniente jamás ordenaría una ejecución sumaria frente a treinta testigos. Además, Vance llevaba una bolsa de lona. Una bolsa que tintineaba pesadamente. Cajas de seguridad privadas.
Miró a Rex. El perro no miraba a Harold. Miraba a Vance como si fuera el mismísimo diablo. Los animales no entendían de rangos, ni de conspiraciones, ni de placas. Entendían de instinto. Entendían quién era el depredador.
—Teniente, baje el rifle —dijo Jessica, y para su propia sorpresa, su voz sonó firme, letal. Giró su cuerpo y alineó las miras de su pistola directamente hacia el pecho de Vance—. Ponga la bolsa en el suelo. Ahora.
Hayes jadeó. —¡Jessica, ¿qué demonios haces?! ¡Es el teniente!
—¡Mira al perro, Dan! —le gritó Jessica, sin apartar los ojos de Vance—. ¡Rex nunca se equivoca! ¡Vance estaba dentro antes de que sellaran el banco!
Vance dejó escapar una risa seca, un sonido carente de cualquier tipo de humor. —Miller, siempre fuiste demasiado emocional para la unidad. Una lástima. Ibas a tener una gran carrera.
El teniente levantó el rifle de asalto.
El mundo pareció moverse a cámara lenta. Jessica apretó el gatillo en el mismo instante en que Vance disparaba.
El estallido ensordecedor llenó el banco. Los cristales de las ventanillas estallaron en mil pedazos. Los rehenes gritaron de terror, arrastrándose por el suelo para buscar cobertura bajo los escritorios.
La bala de Jessica rozó el hombro de Vance, haciéndole perder el equilibrio y desviar su ráfaga. Las balas del rifle impactaron en el techo, haciendo llover escombros y chispas.
Antes de que Vance pudiera estabilizarse, una sombra negra salió disparada por el aire. Rex.
El perro no esperó la orden de “ataque”. Se lanzó con una fuerza brutal, sus mandíbulas cerrándose con un crujido sordo alrededor del antebrazo de Vance que sostenía el rifle. El teniente aulló de dolor, soltando el arma y cayendo hacia atrás por el impacto de los treinta kilos de músculo puro del pastor alemán.
—¡Hayes, cúbreme! —gritó Jessica. Se abalanzó sobre Harold, lo agarró por el cuello de la chaqueta marrón y tiró de él hacia la cobertura de un pesado pilar de mármol.
—¡Quítenme a este maldito animal! —rugía Vance, rodando por el suelo, golpeando a Rex con el puño cerrado mientras el perro sacudía la cabeza, aferrado a la extremidad del traidor con fuerza de titanio.
Hayes, temblando, finalmente levantó su arma hacia Vance, comprendiendo la pesadilla en la que estaban atrapados.
Detrás del pilar, Jessica miró a Harold. El anciano estaba pálido como un fantasma, respirando entrecortadamente.
—Harold, ¿qué está pasando? —exigió Jessica, su voz apenas audible sobre los ladridos de Rex y los gritos de Vance—. ¿Por qué Rex te protegió? ¿Por qué te conoce?
Las manos temblorosas de Harold finalmente se deslizaron hacia el interior de su chaqueta. Esta vez, Jessica no lo detuvo. De su bolsillo interior, no sacó un arma, ni un detonador. Sacó una fotografía arrugada y vieja, y una cadena de metal brillante. Una placa de policía.
—Porque antes de llamarse Rex… —Harold tosió, las lágrimas rodando por sus mejillas arrugadas—. Antes de que le borraran su historial y te lo asignaran a ti, su nombre era Buster. Y era el compañero de mi hijo, el detective David Bennett.
El corazón de Jessica dio un vuelco. David Bennett. El nombre era una leyenda trágica en el distrito. El brillante detective de narcóticos que supuestamente se había suicidado hacía tres años tras ser acusado de corrupción.
—David estaba investigando a sus propios jefes —susurró Harold, apretando la placa contra su pecho—. Vance y otros más altos que él. Usaban las cajas de seguridad de este banco para lavar el dinero de los cárteles. David escondió las pruebas aquí adentro antes de que lo… antes de que lo mataran.
Un disparo resonó, más cercano esta vez. Jessica se asomó por el borde del pilar. Vance había logrado sacar una pistola de su tobillo y disparó al suelo, cerca de las patas de Rex, obligando al perro a soltarlo por un segundo vital. Vance, sangrando profusamente, agarró la bolsa de lona y corrió hacia la puerta lateral de los empleados, desapareciendo en el laberinto de oficinas traseras.
—¡Rex, aquí! —gritó Jessica. El perro, ensangrentado pero ileso, corrió hacia ella y se sentó a su lado, lamiéndose el hocico, sus ojos ámbar fijos en la puerta por la que Vance había huido.
Jessica miró la fotografía que Harold sostenía. En ella, un joven sonriente vestido de uniforme abrazaba a un cachorro de pastor alemán con una mancha blanca única en el pecho. La misma mancha que tenía Rex.
—Vance solo es un perro faldero, Jessica —dijo Harold, agarrándola repentinamente del brazo con una fuerza desesperada—. El hombre que ordenó la muerte de mi hijo… el hombre que es dueño de todo este dinero negro…
Los ojos de Harold se abrieron desmesuradamente, mirando más allá de Jessica, hacia las luces intermitentes de las patrullas que se multiplicaban afuera del banco.
—No confíes en nadie —susurró el anciano—. Especialmente en el hombre que acaba de llegar.
Jessica giró la cabeza hacia las puertas de cristal destrozadas. Un sedán negro sin placas, el vehículo de mando, acababa de frenar chirriando. De él bajó un hombre de traje impecable, escoltado por oficiales de asuntos internos.
Era el Jefe de Policía de la ciudad. Y por la forma en que miraba hacia el interior del banco, Jessica supo, con una certeza aterradora, que no venía a rescatarlos. Venía a enterrarlos a todos.
El verdadero infierno no había hecho más que empezar.
