Parte 2:
El sonido de la grava bajo las botas pesadas parecía amplificarse con cada segundo, un tambor fúnebre marcando el ritmo de la llegada inminente. Stacy, petrificada por el terror, observó cómo la sombra enorme se alargaba sobre los restos oxidados. El hombre en el maletero dejó escapar un gemido ahogado y se encogió aún más, como si intentara fundirse con el metal frío.
—¡Corre, Stacy! —susurró el hombre, su voz temblando con una intensidad que le erizó la piel—. ¡No dejes que te encuentre!
Pero las piernas de la niña se negaban a obedecer. El miedo la había anclado al suelo. La figura emergió de detrás de una camioneta destrozada. Era un hombre imponente, vestido con ropa oscura y desgastada, su rostro oculto parcialmente por la visera de una gorra sucia. Sus ojos, fríos y calculadores, se fijaron primero en el maletero abierto y luego en la pequeña figura de Stacy.
Una sonrisa torcida y escalofriante se dibujó en su rostro. No había prisa en sus movimientos; se movía con la confianza de un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria.
—Vaya, vaya… —dijo el recién llegado, su voz rasposa rompiendo el silencio como papel de lija sobre madera—. Parece que nuestra pequeña invitada de honor ha encontrado su sorpresa antes de tiempo.
Stacy retrocedió torpemente, tropezando con la llanta de un coche oxidado. La linterna cayó de sus manos temblorosas, rodando por el suelo y proyectando haces de luz erráticos.
El hombre del maletero, en un intento desesperado, trató de salir, pero una bota pesada se estrelló contra la tapa, cerrándola de golpe con un estruendo ensordecedor que hizo que Stacy tapara sus oídos. Un grito ahogado provino del interior.
—No te preocupes por él, Stacy —dijo el hombre de la gorra, avanzando lentamente hacia ella—. Él solo es una pieza del rompecabezas. Una pieza que, gracias a ti, está exactamente donde debe estar.
—¿Por qué hace esto? —logró articular Stacy, su voz apenas un susurro tembloroso—. ¿Qué quiere de mí?
El hombre soltó una carcajada seca y carente de humor.
—Oh, pequeña… esto no se trata solo de ti. Se trata de algo mucho más grande. Algo que empezó mucho antes de que nacieras, en este mismo cementerio. Tu madre… ella sabía demasiado. Y ahora, parece que es tu turno de descubrir por qué algunos secretos deben permanecer enterrados bajo el metal oxidado.
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Se detuvo a pocos metros de ella, extendiendo una mano curtida hacia la niña. La luz de la luna, asomando tímidamente entre las nubes anaranjadas, iluminó un colgante peculiar que colgaba de su cuello, brillando con un extraño resplandor metálico. Stacy reconoció la forma de inmediato. Era idéntico al que su madre le había dado antes de desaparecer.
—Ven conmigo, Stacy —ordenó el hombre, su tono repentinamente suave pero implacable—. Es hora de que conozcas la verdad sobre tu familia y el legado que dejaron en este lugar de muerte. Y créeme, el juego apenas acaba de empezar.
La niña miró la mano extendida, luego el maletero donde el otro hombre seguía atrapado. El cementerio de coches, antes un lugar de aventuras infantiles, se había transformado en una trampa mortal llena de secretos inconfesables. Stacy sabía que si tomaba esa mano, no habría vuelta atrás, pero la oscuridad ya la rodeaba por completo, y las sombras parecían susurrar su nombre.
(Continuará…)
