Don Arturo continuó su camino, pero el encuentro con el joven de la chaqueta de cuero se negaba a abandonar su mente. No era solo la amabilidad inesperada; había algo en la mirada del chico, una chispa de reconocimiento fugaz que lo había inquietado. Era como si, por un breve instante, el muchacho no hubiera visto a un anciano desvalido, sino a alguien que conocía de otra vida, de otro tiempo.
Esa tarde, sentado en el sillón gastado de su pequeño apartamento, Arturo observó las viejas fotografías esparcidas sobre la mesa de centro. Caras borrosas de un pasado lejano lo devolvieron a días oscuros que creía haber enterrado. Había trabajado toda su vida para construir una fachada de respetabilidad, un muro impenetrable de rutinas ordinarias para ocultar al hombre que una vez fue.
El teléfono sonó, interrumpiendo sus cavilaciones. Era una llamada extraña, de un número desconocido.
—¿Arturo? —La voz al otro lado era áspera, distorsionada.
—¿Quién habla? —preguntó, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.
![]()
—No importa quién soy. Importa lo que sé. Y sé lo que hiciste hace cincuenta años, Arturo. Pensaste que estabas a salvo, que la ciudad te había olvidado. Pero hay cosas que el asfalto no puede ocultar.
La línea se cortó abruptamente. Arturo se quedó mirando el auricular, su corazón palpitando con un ritmo frenético que amenazaba con reventar su pecho. El joven de la calle… ¿Era una casualidad? ¿O era el principio del fin?
La ciudad rugía afuera, pero esta vez, el sonido no le pareció indiferente. Parecía un susurro amenazante, una advertencia de que los fantasmas de su pasado finalmente lo habían alcanzado. Y esta vez, no habría un amable desconocido para desatar el nudo que lo ataba a su destino.
