El Precio de la Luz

La inauguración del kiosco fue un evento que el barrio no olvidaría. Vecinos que antes pasaban de largo, ignorando el modesto carrito de madera, ahora se detenían atraídos por la vitalidad de la nueva estructura y, sobre todo, por la historia del anciano al que la policía le había “regalado” una vida nueva. Durante las primeras semanas, Henri flotaba en una neblina de incredulidad y gratitud. Las ventas se multiplicaron, y el sonido de las monedas al caer en la caja registradora parecía una melodía celestial, borrando el eco de las sirenas y el terror de aquel viaje a oscuras.

Sin embargo, a medida que la novedad se desvanecía y la rutina se instalaba, pequeñas anomalías comenzaron a perturbar la paz de Henri. Primero fue la visita semanal del oficial Dupont, uno de los agentes que lo había arrestado. Ya no llevaba el uniforme, sino trajes de corte impecable que desentonaban con su sueldo de policía. Sus sonrisas, que en aquel momento parecieron tan genuinas, ahora se revelaban tensas y calculadoras. No venía a comprar flores; venía a revisar los libros de contabilidad.

“Un pequeño porcentaje, Henri, para gastos administrativos y… seguridad,” murmuraba Dupont, deslizándose tras el mostrador y tomando un fajo de billetes sin siquiera contarlo. “Ya sabe, para mantener a raya a los inspectores del ayuntamiento y asegurarnos de que su hermosa boutique siga brillando.”

Henri no se atrevía a protestar. El miedo a perderlo todo nuevamente lo mantenía dócil. Se decía a sí mismo que era un precio pequeño a pagar por la estabilidad. Pero las visitas de Dupont se volvieron más frecuentes, y las sumas exigidas, más exorbitantes. El hermoso kiosco de madera, antes un símbolo de salvación, se sentía cada vez más como una jaula dorada.

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Una tarde nublada, mientras Henri arreglaba un ramo de lirios, una mujer joven y elegante entró en la boutique. No miró las flores. Sus ojos, fríos y penetrantes, escrutaron el rostro del anciano.

“¿Henri?” preguntó, su voz cargada de un acento que él no supo identificar.

“Sí, madame. ¿En qué puedo servirle?”

La mujer se acercó, reduciendo la distancia entre ellos hasta que el perfume intenso y especiado que llevaba amenazó con asfixiar a Henri. “Soy amiga de Dupont,” susurró. “Él dice que usted es confiable. Que no hace preguntas.”

Antes de que Henri pudiera responder, ella deslizó un pequeño paquete envuelto en papel oscuro sobre el mostrador, ocultándolo hábilmente debajo de un jarrón de rosas blancas.

“Un cliente vendrá a recoger esto mañana a primera hora,” instruyó la mujer, su tono no admitía réplica. “Solo tiene que entregárselo. Y si sabe lo que le conviene a usted y a su precioso negocio, olvidará mi rostro y este paquete.”

Se marchó tan repentinamente como había llegado, dejando a Henri paralizado por el pánico. El paquete, pequeño y discreto, parecía latir con una energía siniestra debajo de las flores inocentes. El anciano sabía que no debía abrirlo, que la ignorancia era su mejor defensa. Pero la curiosidad y el terror se enzarzaron en una batalla dentro de él. ¿Qué secretos ocultaban Dupont y esa mujer? ¿Qué fuerzas oscuras habían financiado realmente su “milagro”?

Con manos temblorosas, Henri apartó el jarrón y tomó el paquete. El papel cedió fácilmente, revelando su contenido… Y en ese momento, Henri supo que el verdadero infierno no era la pobreza, sino haber firmado un pacto con el diablo disfrazado de salvador. El viaje a ciegas en la patrulla policial, comprendió con horror, no había terminado. Apenas acababa de comenzar.

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