El Precio de la Crueldad

Parte 2:

El silencio que siguió a los pasos del hombre de traje oscuro fue ensordecedor. Los dos jóvenes, antes arrogantes, se voltearon lentamente, sus sonrisas petrificadas en sus rostros. El hombre se detuvo frente a ellos, una figura imponente que parecía absorber la luz de la tarde. Sus ojos, fríos como el acero, se posaron primero en la valla destrozada, luego en el anciano que aún permanecía de rodillas, y finalmente, en los causantes del desastre.

—¿Les parece divertido? —preguntó el recién llegado. Su voz no era un grito, sino un susurro afilado, más amenazante que cualquier alarido.

Ninguno de los muchachos respondió. El miedo, crudo y repentino, les paralizó las lenguas.

El hombre elegante se agachó con una sorprendente agilidad, ignorando el polvo que manchaba su impecable pantalón. Con una suavidad que contrastaba con su dura apariencia, ayudó al anciano a ponerse en pie.

—Don Anselmo, ¿se encuentra bien? —murmuró, sacudiendo la tierra de la chaqueta gastada del viejo.

El anciano, aún tembloroso, asintió levemente, con la mirada perdida en las maderas rotas. El hecho de que este extraño conociera el nombre del anciano hizo que los jóvenes intercambiaran una mirada de pánico creciente.

El hombre se erguió de nuevo y fijó su atención en los agresores.

—La destrucción es fácil. Cualquiera puede destruir —dijo, dando un paso hacia ellos—. Construir… eso requiere carácter. Algo de lo que ustedes claramente carecen.

—Oiga, nosotros no… —intentó balbucear uno de los chicos, dando un paso atrás.

—Silencio —le cortó el hombre, levantando una mano enguantada—. No quiero escuchar excusas vacías. Esta valla —señaló los restos— no era solo madera. Era el límite de su propiedad. Y ustedes lo han cruzado de la peor manera posible.

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El hombre metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó un teléfono móvil. Marcó un número rápido, sus ojos fijos en los jóvenes que ahora buscaban desesperadamente una vía de escape.

—Preparen el equipo de reparación para la finca de Don Anselmo de inmediato —ordenó por teléfono, con voz autoritaria—. Y… necesito que investiguen a dos jóvenes. Sí, los tengo aquí mismo.

Colgó y se guardó el teléfono. Una sonrisa sin alegría cruzó sus labios.

—Ustedes no solo arreglarán esta valla —sentenció, su voz resonando en el silencio—. Van a aprender el valor del trabajo duro. Y quizás, si tienen suerte, aprenderán un poco de respeto.

Los jóvenes se encogieron, dándose cuenta de que se habían metido con alguien mucho más poderoso que un simple transeúnte indignado.

Pero mientras el hombre de traje se giraba para reconfortar a Don Anselmo, una expresión peculiar cruzó el rostro del anciano. No era solo alivio. Había un destello de algo más oscuro en sus ojos cansados, un reconocimiento oculto hacia el hombre elegante que parecía contradecir la imagen del frágil anciano indefenso.

¿Quién era realmente este hombre misterioso? ¿Y por qué su interés en la pequeña y humilde propiedad de Don Anselmo? El verdadero precio de esa patada a la valla estaba a punto de cobrarse, y las consecuencias serían mucho más profundas y oscuras de lo que nadie, especialmente los dos jóvenes arrogantes, podía imaginar.

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