Parte 2:
El ladrido de Rex reverberó en el pecho de Marc, una vibración cruda que le heló la sangre. Jamás había sentido tanta fuerza en su perro; era como intentar contener una tormenta viva.
—¡Clara, vete ahora! ¡Llama a control animal, a la policía, a quien sea! —volvió a gritar Marc, con la voz ahogada por el esfuerzo y el pánico que amenazaba con dominarlo. Sus manos resbalaban en el cuero del collar debido al sudor frío que lo cubría.
Clara asintió mecánicamente, las lágrimas finalmente desbordando sus ojos. Dio media vuelta y corrió lo más rápido que su embarazo se lo permitía, el sonido de las uñas de Rex rasguñando desesperadamente la madera del suelo persiguiéndola por el pasillo.
Marc, utilizando todo su peso, logró arrastrar al doberman fuera de la habitación del bebé. La fuerza que emanaba del animal no era normal; no era un simple berrinche o un episodio de ansiedad por separación. Había una urgencia enfermiza en sus movimientos. Con un empujón desesperado, Marc logró encerrar a Rex en el baño contiguo, apoyando su espalda contra la puerta mientras el perro se lanzaba contra ella, golpeando la madera con tal fuerza que los goznes crujían.
—¿Qué te pasa, chico? ¿Qué demonios te pasa? —susurró Marc para sí mismo, deslizando las manos por su rostro sudoroso y tratando de controlar su respiración entrecortada.
![]()
Desde el piso de abajo, escuchó la voz temblorosa de Clara al teléfono, suplicando ayuda. Marc se apartó de la puerta del baño, asegurándose de que el pestillo estuviera bien echado. El corazón le seguía latiendo a mil por hora mientras regresaba a la habitación del bebé.
El caos era total. Las prendas destrozadas yacían esparcidas como confeti macabro. Marc se acercó a la cuna, el único lugar que Rex parecía haber ignorado en su frenesí. Suspiró profundamente, intentando encontrar alguna explicación lógica a lo que acababa de suceder. Se agachó para recoger los restos de un mameluco azul celeste, y fue entonces cuando lo notó.
Bajo la cuna, semiculto en las sombras, había un pequeño objeto metálico. No pertenecía a ellos; estaban seguros de no haber comprado nada semejante. Marc extendió la mano y lo sacó a la luz. Era un dispositivo diminuto, cilíndrico, con una pequeña luz roja parpadeante en uno de sus extremos.
Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. No era un juguete. Era un micrófono oculto.
¿Quién lo había puesto allí? ¿Cuándo? Y, lo que era más perturbador, ¿por qué? La sensación de seguridad de su hogar se hizo añicos en un instante.
El teléfono de Marc vibró en su bolsillo. Era un número desconocido. Dudó un segundo antes de contestar.
—¿Sí? —preguntó, con la voz apenas un susurro.
Una voz metálica y distorsionada respondió desde el otro lado de la línea.
—El perro sabe demasiado. No dejen que hable.
La llamada se cortó abruptamente, dejando a Marc paralizado en medio de la habitación destrozada. El misterio recién comenzaba a desentrañarse, y las sombras que acechaban a su familia eran mucho más oscuras de lo que jamás habían imaginado. ¿Qué otros secretos escondían las paredes de su casa?
Continuación en los comentarios 👇
