PARTE 3:
El zumbido constante de los motores del Gulfstream G650 era el único sonido que llenaba la cabina. Afuera, la oscuridad de la noche devoraba cualquier rastro de la Ciudad de México, dejando a Mariana suspendida en un abismo a cuarenta mil pies de altura.
Sus dedos, aún temblorosos y fríos como el mármol, aferraban la fotografía en tonos sepia. La imagen no podía ser real. Su mente se negaba a procesarla, pero sus ojos no podían apartarse de esos dos rostros. Alejandro, unos diez años más joven, con esa sonrisa de tiburón que ella alguna vez confundió con ambición legítima, estrechando la mano de un hombre mayor, de sienes plateadas y mirada severa.
Ese hombre era Ignacio Castellanos. Su tío. El hermano mayor de su madre.
El mismo hombre que había muerto en un trágico y espantoso accidente de helicóptero hace exactamente nueve años. Una tragedia que había destrozado a su familia y que, casualmente, había dejado a la empresa constructora de los Castellanos al borde de la bancarrota, permitiendo que un joven y emergente Alejandro Salgado la comprara por una fracción de su valor real. Ese fue el cimiento del imperio Salgado.
Mariana levantó la vista. Julián estaba sentado frente a ella, sirviéndose un vaso de agua con una calma exasperante. Se había quitado el abrigo oscuro, revelando una camisa blanca impecable, sin corbata. Su postura era relajada, pero sus ojos escudriñaban cada microexpresión en el rostro de Mariana.
—No es un fotomontaje, si es lo que está pensando —dijo Julián, rompiendo el silencio. Su voz era grave, modulada para no asustarla, pero cargada de una urgencia implícita—. Esa foto fue tomada tres días antes de que el helicóptero de Ignacio se estrellara en la sierra de Monterrey.
Mariana tragó saliva, sintiendo que el aire se volvía espeso.
—Esto es imposible —murmuró, su voz apenas un hilo—. Mi tío y Alejandro no se conocían. Alejandro compró las acciones de la compañía a través de un bufete de abogados intermediario, meses después del accidente. Él me lo juró. Me dijo que fue una coincidencia de negocios.
Julián soltó una risa amarga y sin humor.
—Alejandro Salgado es un maestro arquitecto, Mariana. Pero no construye edificios; construye realidades alternativas. Su esposo no compró las acciones por casualidad. Él provocó el desplome de las acciones. Y para hacerlo, primero tenía que eliminar al único hombre que jamás se habría dejado intimidar: su tío Ignacio.
Mariana sintió un pinchazo agudo en el vientre. Instintivamente, bajó una mano para proteger a su bebé, como si las palabras de Julián fueran dagas físicas volando por la cabina.
—¿Me está diciendo que Alejandro… que mi esposo… asesinó a mi tío? —La pregunta sonó absurda en sus propios oídos. Había estado casada con un narcisista, un infiel, un egoísta. Pero, ¿un asesino?
—Estoy diciendo que Alejandro pagó dos millones de dólares a un mecánico de aviación en el aeródromo de Toluca para que alterara el rotor de cola del Bell 407 de su tío. El mecánico desapareció tres semanas después. Pero dejó un rastro. Un rastro que he tardado cinco años en desenterrar.
Mariana cerró los ojos. El recuerdo de su madre llorando desconsoladamente frente a un ataúd cerrado golpeó su mente con la fuerza de un huracán. Recordó cómo Alejandro, años después, se había presentado en su vida, encantador, protector, el “salvador” que prometió cuidar de la heredera restante de los Castellanos.
—¿Por qué? —susurró ella, abriendo los ojos, que ahora brillaban con lágrimas contenidas—. ¿Por qué casarse conmigo entonces? Si ya tenía la empresa, si ya tenía el dinero… ¿Por qué fingir durante dos años? ¿Por qué embarazarme?
La expresión de Julián se ensombreció. Dejó el vaso de agua sobre la pequeña mesa de caoba que los separaba y se inclinó hacia adelante.
—Porque Alejandro descubrió un secreto que ni siquiera usted conoce, Mariana. —Julián hizo una pausa, evaluando si ella estaba lista para el siguiente golpe—. Antes de morir, Ignacio sospechaba que alguien intentaba sabotearlo. No confiaba en los bancos mexicanos, ni en sus propios socios. Tres meses antes del accidente, Ignacio liquidó activos no declarados y trasladó más de cuatrocientos millones de dólares a un fideicomiso en un banco privado en Zúrich.
Mariana frunció el ceño, confundida. —Mi familia nunca supo de ese dinero. Mis padres viven de una pensión y de los restos de una pequeña cuenta de ahorros.
—Exacto. Porque Ignacio estructuró el fideicomiso con una cláusula muy específica, una tan antigua y hermética que Alejandro no pudo romperla, sin importar a cuántos abogados sobornara. —Julián la miró directamente a los ojos—. El dinero solo puede ser reclamado por un descendiente directo de la sangre Castellanos. Pero había una condición impuesta por Ignacio para proteger la fortuna de oportunistas: la heredera, en este caso usted, por ser la única sobrina directa tras la esterilidad de su tío, debía estar casada y esperar un hijo para demostrar “estabilidad familiar”, o bien, el hijo mismo heredaría todo al cumplir la mayoría de edad, bajo la tutela de su padre legal.
El aire abandonó los pulmones de Mariana. La habitación pareció dar vueltas.
«Mi hijo tendrá todo lo que quiera», le había susurrado Alejandro una semana después de enterarse del embarazo, acariciando su vientre.
No era amor. No era ilusión paterna. Era codicia pura y calculada. Su hijo no era un fruto de su matrimonio; era una llave. Un pase de acceso a cuatrocientos millones de dólares.
—Él no me amaba —dijo Mariana, con la voz rota, dándose cuenta de la monstruosidad de su realidad—. Me usó. Fui una incubadora para su llave maestra.
—Alejandro planeaba aguantar el matrimonio hasta que el niño naciera —continuó Julián con brutal honestidad—. Una vez que el bebé estuviera en el mundo y el papeleo del fideicomiso se activara… bueno, Mariana, las mujeres mueren por complicaciones posparto todos los días. O en tristes accidentes de tránsito. Especialmente aquellas que sufren de “depresión severa”.
Un escalofrío helado le recorrió la columna vertebral. Valeria, la infidelidad pública, los desplantes… ¿Acaso estaba intentando volverla loca? ¿Crear un perfil psicológico de una esposa desquiciada?
—Esta noche —dijo Mariana, atando cabos con una lucidez repentina y aterradora—. El beso frente a las cámaras. Quería humillarme, quería que yo hiciera una escena. Quería que los periódicos de mañana hablaran de la esposa histérica e inestable.
—Y usted no le dio ese gusto —sonrió Julián con auténtica admiración—. Usted fue de hielo. Dejó los papeles del divorcio. Al hacerlo, ha amenazado todo su plan. Si se divorcian antes de que nazca el niño, él pierde el control absoluto sobre usted. Pero Alejandro no se rendirá. En cuanto lea esos papeles, enviará a sus “solucionadores de problemas” a buscarla. Si la encuentran, la mantendrán encerrada y sedada hasta el parto. Y luego… desaparecerá.
Mariana llevó ambas manos a su vientre. Su respiración se aceleró. El instinto maternal, primitivo y feroz, despertó dentro de ella, reemplazando la tristeza y la humillación por una rabia incandescente. Nadie iba a tocar a su hijo. Nadie.
—¿Quién es usted, Julián? —exigió saber, su voz ahora endurecida, despojada de cualquier vulnerabilidad—. Ha gastado una fortuna para sacarme de México en un jet privado. Conoce las cuentas bancarias suizas de mi tío, conoce los crímenes de mi marido. Usted no es un buen samaritano. ¿Qué quiere de mí?
Julián se recostó en su asiento.
—Soy alguien a quien Alejandro también le quitó todo. Mi verdadero nombre es Julián Vargas. Fui analista de inteligencia financiera. Hace cuatro años, rastreé una anomalía en las cuentas de Salgado. Estaba lavando dinero a través de fundaciones benéficas… las mismas que dirige su esposa, por cierto. Cuando me acerqué demasiado, Alejandro hizo que me incriminaran por fraude. Pasé tres años en una prisión federal. Mi esposa no soportó la vergüenza; se quitó la vida mientras yo estaba encerrado.
Los ojos de Julián brillaron con una furia fría y controlada.
—No busco justicia, Mariana. Busco la aniquilación total de Alejandro Salgado. Y usted y ese bebé son su punto débil. Si logramos llegar a Zúrich y usted reclama ese fideicomiso antes que él, no solo le quitaremos el premio por el que ha asesinado; utilizaremos ese dinero para desmantelar su imperio ladrillo a ladrillo, y comprar a los jueces que él no pueda comprar.
Mariana observó a Julián. Era un hombre roto, al igual que ella, movido por la venganza. Era peligroso confiar en él, pero era su única opción. Regresar a México significaba la muerte para ella y la esclavitud financiera para su hijo.
—¿A dónde vamos ahora? —preguntó ella, aceptando tácitamente la alianza.
—Aterrizaremos en San Carlos de Bariloche, en la Patagonia Argentina, en un par de horas. Tengo una propiedad aislada en las montañas. Nadie sabe que existe. Pasaremos allí un par de semanas para que usted descanse y obtengamos identidades nuevas. Luego, volaremos a Europa bajo el radar.
Mariana asintió lentamente. Bariloche. El fin del mundo. Sonaba seguro. Sonaba a un lugar donde Alejandro, con todo su dinero e influencias, no podría alcanzarla.
El agotamiento físico y emocional finalmente la alcanzó. Julián le ofreció una manta de cachemira y se retiró hacia la parte delantera del avión para hablar con los pilotos, dejándola sola en la penumbra de la cabina.
Mariana cerró los ojos, intentando conciliar el sueño, pero su mente era un torbellino. Había dejado de ser una esposa engañada para convertirse en una fugitiva multimillonaria con un blanco en la espalda. Acarició su vientre, prometiéndole en silencio a su bebé que lucharía con uñas y dientes para protegerlo del monstruo que era su padre.
Las horas pasaron. El avión comenzó su descenso. La presión en sus oídos la despertó de un sueño intranquilo. Miró por la ventanilla y vio los picos nevados de los Andes brillando bajo la luz pálida del amanecer, rodeando lagos de un azul profundo. La belleza del paisaje contrastaba con el terror en su alma.
Tras un aterrizaje suave en una pista privada rodeada de pinos inmensos, una camioneta negra los esperaba. El aire de la Patagonia era cortante, puro, casi purificador. Mariana bajó las escaleras del jet, sintiendo por primera vez que había escapado.
Llegaron a una cabaña de madera y piedra, lujosa pero rústica, escondida entre la espesura del bosque frente al lago Nahuel Huapi. Julián le mostró su habitación y le indicó que descansara, que él se encargaría de asegurar el perímetro y revisar las comunicaciones satelitales.
Mariana entró al baño para lavarse la cara. Al mirarse al espejo, vio a una mujer diferente a la que había entrado a esa gala benéfica en Polanco la noche anterior. Ya no había sumisión en sus ojos oscuros. Había fuego.
Salió del baño y se recostó en la enorme cama. Fue entonces cuando notó que Julián había dejado su tableta encriptada sobre la mesa de noche, probablemente por descuido al prepararle la habitación. La pantalla estaba encendida.
La curiosidad, alimentada por la paranoia reciente, venció a sus modales. Mariana tomó la tableta. No estaba bloqueada. En la pantalla había una aplicación de mensajería segura abierta, mostrando un intercambio de textos recientes, enviados vía satélite durante el vuelo.
Mariana comenzó a leer y sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Contacto: Alfa-01 (Ubicación: Ciudad de México) [03:15 AM] Alfa-01: ¿Está la mercancía asegurada? [03:17 AM] Julián: El paquete está a bordo. Se tragó la historia de Zúrich y la foto de su tío sin hacer preguntas. Confía en mí. [03:20 AM] Alfa-01: Excelente. Mantenla aislada en Bariloche hasta que nazca el bastardo. Salgado ya encontró los papeles del divorcio, está furioso. Si la encuentra, nos arruina el plan. [03:22 AM] Julián: Lo sé. La mantendré sedada si es necesario. Nadie tocará ese dinero hasta que nosotros lo tengamos. [03:25 AM] Alfa-01: Perfecto. Su madre no sospecha nada. Le acabo de decir que Mariana se fue a un retiro espiritual por la impresión de anoche. La vieja idiota me creyó.
Mariana dejó de respirar. ¿Su madre?
Sus manos temblaban con tal violencia que casi deja caer la tableta. Desplazó la pantalla hacia arriba, buscando desesperadamente identificar al contacto “Alfa-01”. En el historial de archivos compartidos dentro del chat, había una fotografía reciente enviada por Alfa-01 para confirmar su ubicación.
Mariana la abrió.
Era una selfie tomada esa misma madrugada en la cocina de la casa de sus padres en San Miguel de Allende. La cocina que siempre olía a café y pan dulce.
Pero la persona que sostenía la cámara y sonreía con cinismo no era su madre.
Era Valeria Montes. La amante de Alejandro.
Y de fondo, sentada en la mesa de la cocina, tomando té plácidamente… estaba la propia madre de Mariana, charlando amistosamente con Valeria como si fueran viejas amigas.
El aire se escapó de los pulmones de Mariana en un jadeo ahogado.
Julián no era su salvador. No la estaba rescatando de Alejandro. Julián y Valeria trabajaban juntos. Alejandro era el enemigo, sí, pero Mariana acababa de huir de las garras del lobo para saltar directamente a la guarida del león.
¿Y su madre? ¿Su propia madre estaba involucrada?
El sonido de la puerta principal de la cabaña abriéndose resonó en el pasillo. Pasos pesados, los de Julián, comenzaron a acercarse hacia su habitación.
—¿Mariana? —llamó Julián desde el pasillo, su tono ya no era el del protector comprensivo, sino el de un carcelero buscando a su prisionera—. Te traje un té para que duermas. Vas a necesitar descansar mucho… por el bien del bebé.
Mariana miró la puerta, luego la ventana cerrada que daba al escarpado bosque nevado, y finalmente su vientre.
Estaba atrapada en el fin del mundo, rodeada de traidores, y el juego más letal de su vida acababa de comenzar.
