Parte 2:
El silencio que siguió a las palabras de la Presidenta fue sepulcral, solo interrumpido por el leve tintineo de una copa de cristal que resbaló de las manos temblorosas de una de las jóvenes, estrellándose contra la alfombra de diseño. La mancha de champán se extendió, un símbolo patético del orgullo derramado en la habitación.
La mujer mayor, aún pálida y sudorosa, se giró hacia las tres intrusas, su voz ahora un siseo autoritario, desprovisto de la desesperación anterior.
—Han escuchado a la Presidenta. Recojan sus pertenencias inmediatamente y abandonen las instalaciones. La seguridad las escoltará hasta la salida trasera.
Las jóvenes, que minutos antes se creían intocables, no articularon palabra. La humillación se mezclaba con el terror en sus rostros. Recogieron sus bolsos de diseño, ahora extrañamente pesados y ridículos en comparación con la aplastante realidad de su situación, y salieron apresuradamente, escoltadas por dos hombres de traje oscuro que habían aparecido silenciosamente en el umbral.
Una vez que la puerta se cerró con un clic definitivo, la atmósfera de la suite pareció respirar de nuevo. La mujer mayor se giró hacia la Presidenta, su postura ahora deferente pero relajada, revelando una familiaridad subyacente.
—Elena, te dije que disfrazarte de florista para inspeccionar el servicio era una idea excéntrica, pero no esperaba que terminaras humillando a las herederas de los Thorne y los Vance.
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Elena, la “Presidenta”, se quitó el otro guante blanco, revelando manos cuidadas pero que mostraban callos, un testimonio silencioso de un pasado que pocos conocían. Caminó hacia un ventanal que ofrecía una vista panorámica de la ciudad que, en gran medida, le pertenecía.
—Marta, sabes mejor que nadie que la verdadera naturaleza de las personas se revela cuando creen que están por encima de alguien. Necesitaba saber qué clase de ‘distinguidos’ invitados albergamos en este evento. Y resulta que son parásitos.
Marta suspiró, acercándose con una tablet en la mano.
—Las repercusiones de expulsarlas serán significativas. Los Thorne tienen inversiones cruzadas con nuestro grupo hotelero en Europa. Podrían intentar retirar fondos.
Una sonrisa gélida, afilada como un diamante, se dibujó en los labios de Elena. Sus ojos, ahora desprovistos de la falsa sumisión de la florista, brillaban con una astucia calculadora.
—Que lo intenten. De hecho, me gustaría que lo hicieran. Hace tiempo que busco una excusa para absorber sus acciones en la filial francesa. Si juegan a la guerra, perderán su imperio de papel antes de que puedan servir el postre.
Marta la observó, reconociendo a la estratega implacable que había construido un imperio desde la nada, una mujer cuyos secretos estaban enterrados tan profundamente que incluso ella, su mano derecha durante una década, solo conocía la superficie.
—¿Y qué hay de la otra chica? La que no habló, la de cabello oscuro. Su familia… —Marta dudó, bajando la voz—. Están vinculados a…
Elena se giró bruscamente, la sonrisa desvaneciéndose.
—Lo sé. La familia de los Vivaldi. Ellos creen que han olvidado lo que pasó hace veinte años, en aquel invernadero. Creen que el polvo del tiempo ha enterrado los cadáveres de sus errores. Pero yo no olvido, Marta. Y este evento… este evento no es una simple gala. Es una trampa.
El rostro de Marta palideció de nuevo, no por el pánico de un error protocolar, sino por el vértigo de un abismo que se abría frente a ellas.
—Elena… ¿qué estás planeando?
La Presidenta miró su anillo de diamantes, haciendo girar la joya hasta que captó un rayo de luz que parecía teñirse de un rojo ominoso.
—Voy a cobrarles la deuda. A todos y cada uno de ellos. Y las flores que acabo de arreglar… solo son el comienzo del funeral de su falsa decencia. Prepara el salón principal, Marta. El verdadero espectáculo está por comenzar.
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