Parte 3:
El amanecer en Las Vegas rara vez trae consigo la redención. Suele llegar como una bofetada de luz cruda, desvelando las arrugas del neón y la fatiga de los que intentaron engañar al destino. Para Marco Santo, aquella mañana de martes, el sol no era un astro, sino el foco de un interrogatorio implacable.
La suite del último piso del Santory Royale, otrora su santuario de decisiones y decadencia, parecía ahora la escena de un crimen financiero. Los teléfonos fijos habían dejado de sonar, no por falta de llamadas, sino porque las líneas habían sido cortadas por los acreedores. La televisión, encendida en modo silencioso, proyectaba gráficos en picada y los rostros pálidos de los analistas de Wall Street, repitiendo el mismo titular en bucle: “El Colapso Santo: 9.900 Millones Evaporados. Ward Capital Ejecuta la Guillotina”.
Marco estaba sentado en su escritorio de caoba, inmóvil. Sus ojos, enrojecidos y hundidos, estaban fijos en la pantalla de su portátil, donde un solo correo electrónico, recibido a las 3:14 AM, seguía abierto. Era de Selena Ward. No contenía amenazas ni explicaciones. Solo un documento adjunto: un PDF titulado “Proyecto Ouroboros – Fase 1”.
Dante entró en la habitación. Ya no había rastro del joven arrogante de la noche anterior. Su camisa estaba manchada, su cabello desordenado, y en su mirada solo quedaba un pánico animal.
—¡Papá, los bancos no responden! ¡Congelaron mis cuentas! ¡Incluso las offshore! —gritó, su voz aguda por la histeria—. ¡Belle está abajo, los de seguridad no la dejan entrar al spa! ¡Dicen que nuestra tarjeta negra ha sido rechazada!
Marco no se movió. Ni siquiera parpadeó.
—Papá… —Dante se acercó, vacilante, el miedo transformándose en una angustia infantil—. Tienes que arreglar esto. Llama a los gobernadores. Llama a la Comisión de Juego. Tienen que darnos tiempo.
Fue entonces cuando Marco habló. Su voz era un susurro rasposo, como papel de lija sobre cristal.
—No hay tiempo, Dante. Nunca lo hubo. Solo estábamos alquilando nuestra existencia.
Se giró hacia su hijo, y Dante retrocedió involuntariamente al ver la vacuidad en los ojos de su padre.
—¿De qué estás hablando? ¡Somos los Santo! ¡Construimos esta ciudad!
—No, Dante —Marco dejó escapar una risa seca, desprovista de humor—. Nosotros no construimos nada. Nosotros solo fuimos el frente. Los testaferros de algo mucho más grande. Algo que ahora ha decidido que nuestra utilidad ha llegado a su fin.
Dante frunció el ceño, la confusión eclipsando momentáneamente su terror.
—¿Qué quieres decir con “el frente”?
Marco suspiró profundamente y cerró el portátil con un golpe seco. Se levantó y caminó hacia el ventanal, contemplando el Strip que ahora parecía un laberinto hostil bajo la luz matutina.
—Ward Capital no es solo un fondo de inversión, hijo. Es el brazo ejecutor. Selena Ward no vino anoche para castigar a Belle por una rabieta. Vino para ejecutar una orden que se firmó hace cincuenta años.
Dante se dejó caer en una silla, el mundo girando a su alrededor.
—¿Cincuenta años? ¿Qué orden? ¡Habla claro!
—El Proyecto Ouroboros —Marco pronunció las palabras con un peso casi religioso—. Las Vegas no fue fundada por mafiosos visionarios y empresarios valientes, Dante. Eso es el mito. Las Vegas fue diseñada, planeada milímetro a milímetro, como una máquina de extracción de capital y datos. Las cinco familias fundadoras, los Santo entre ellas, firmaron un pacto en el desierto en 1974. Un pacto de silencio y obediencia hacia un sindicato que opera muy por encima de Wall Street, muy por encima de Washington.
—Estás loco… —susurró Dante, su mente negándose a procesar la información.
—Las deudas que contrajimos —continuó Marco, ignorando la interrupción—, los apalancamientos fraudulentos… no fueron errores de cálculo. Fueron exigencias. Nos obligaron a sobreexponernos para mantener la ilusión de crecimiento infinito, sabiendo que el colapso estaba programado. Ward Capital es el botón de reinicio. Han venido a purgar el sistema, a barrer a los testaferros que se han vuelto demasiado… ruidosos.
Marco miró a Dante con una mezcla de lástima y desprecio.
—La estupidez de tu hermana anoche no fue la causa de nuestra ruina. Fue simplemente la excusa perfecta, el momento preciso de torpeza que Selena Ward necesitaba para accionar el detonador sin levantar sospechas en los reguladores federales. Un conflicto de egos, dirán. Una tragedia personal, dirán. Y el sindicato se quedará con los activos por centavos.
Mientras tanto, en una ubicación no revelada en las afueras de Las Vegas, lejos del bullicio del Strip, Selena Ward observaba un mapa holográfico proyectado sobre una mesa de obsidiana. La habitación estaba sumida en penumbra, iluminada solo por la tenue luz azul de los datos que fluían en el mapa.
Thomas estaba a su lado, revisando un panel de control.
—Señora Ward, la absorción de Santo Enterprises se completará en cuarenta y ocho horas. Los activos inmobiliarios están siendo transferidos a las empresas fantasma designadas. La red de casinos competidores no sospecha nada.
Selena asintió, su rostro inescrutable. Llevaba un traje sastre gris plomo, impecable, sin rastro del vestido arruinado la noche anterior.
—Excelente, Thomas. ¿Y la familia?
—Dante Santo ha intentado contactar a sus contactos políticos, sin éxito. Marco Santo parece haber aceptado su destino. Belle Santo… —Thomas hizo una pausa, revisando su tableta—. Ha sido escoltada fuera del Santory Royale. Está intentando vender sus joyas en una casa de empeño en el centro de la ciudad.
Selena permitió que una fugaz sombra de satisfacción cruzara sus ojos. No por crueldad, sino por la precisión matemática del resultado.
—Que la dejen. La humillación pública es un anestésico efectivo. Mantendrá a los buitres entretenidos mientras aseguramos el verdadero premio.
Se acercó al mapa holográfico y con un gesto de la mano amplió una sección específica del desierto, a varios kilómetros al oeste de la ciudad. Un punto rojo parpadeaba intermitentemente bajo la topografía digital.
—El sector Gamma —dijo Selena, su voz adquiriendo una resonancia metálica—. Las instalaciones subterráneas. ¿Tenemos confirmación de que la red de datos sigue intacta?
—Sí, señora. Los registros indican que los Santo mantuvieron el servidor alimentado y protegido, tal como estipulaba el acuerdo. No saben qué contiene, pero saben que es la llave de su supervivencia. O lo era.
Selena cruzó los brazos. La aniquilación de los Santo era solo el preludio. La verdadera misión por la que había ascendido a la cima de Ward Capital, por la que había orquestado cada movimiento durante la última década, residía en ese punto rojo en el desierto.
El Proyecto Ouroboros no era solo un plan financiero. Era un archivo masivo, un repositorio de información acumulada durante medio siglo. Secretos de estado, chantajes a nivel global, algoritmos predictivos capaces de manipular mercados enteros. Las familias fundadoras de Las Vegas habían sido las guardianas inconscientes de la caja de Pandora, creyendo que solo custodiaban riqueza material.
—Prepara el equipo de extracción, Thomas —ordenó Selena—. Mañana por la noche nos infiltramos en el Sector Gamma. Necesitamos descargar el archivo antes de que las otras tres familias fundadoras se den cuenta de que el protocolo de limpieza ha sido activado.
—Señora Ward… —Thomas dudó un segundo—. Si extraemos el archivo, el sindicato… los verdaderos dueños… lo sabrán inmediatamente.
Selena se volvió hacia él, sus ojos brillando con una intensidad gélida.
—Esa es exactamente la intención, Thomas. He pasado mi vida desmantelando imperios ajenos. Ya es hora de desmantelar el sistema que los creó.
La noche cayó sobre Las Vegas, pero esta vez, el resplandor de los neones parecía más frágil, como si la ciudad misma contuviera la respiración. En un callejón oscuro detrás de una casa de empeño de mala muerte, Belle Santo, despojada de su vestido plateado y envuelta en un abrigo barato, contemplaba un fajo de billetes arrugados. Era todo lo que quedaba de su arrogancia.
De repente, una figura emergió de las sombras. Un hombre alto, vestido con un traje oscuro, con un rostro que no reflejaba emoción alguna.
—Señorita Santo —dijo el hombre, su voz plana y carente de inflexiones.
Belle se sobresaltó, abrazando su bolso contra su pecho.
—¿Quién es usted? ¡No tengo más dinero!
El hombre no se inmutó.
—No busco su dinero. Vengo de parte de los asociados de su padre.
Belle frunció el ceño.
—¿Los asociados? Mi padre está arruinado. No tenemos asociados.
—Su padre no le contó toda la verdad, señorita Santo —el hombre dio un paso adelante, entregándole una pequeña tarjeta negra, idéntica a la que le había sido rechazada en el casino horas antes, pero sin ningún logotipo o nombre impreso. Solo un código QR.
—¿Qué es esto? —preguntó Belle, recelosa.
—Es una invitación. A un juego mucho más grande que el que jugaba en el Santory Royale. Su familia ha caído, sí. Pero la información que su padre custodiaba, la información que Selena Ward busca en este preciso momento en el desierto, vale mucho más que 9.900 millones de dólares.
El hombre se dio la vuelta, desvaneciéndose en las sombras tan rápido como había aparecido.
—Espere… —susurró Belle, sola en el callejón, mirando la tarjeta en su mano.
La humillación ardía en su pecho, pero ahora, una chispa diferente se encendía en sus ojos. Ya no era la ira de una niña malcriada; era el instinto de supervivencia de alguien que ha sido empujado al abismo y descubre que puede aferrarse a un saliente.
Si Selena Ward creía que la familia Santo estaba aniquilada, se equivocaba. El tablero se había volcado, pero las piezas seguían en juego. Y Belle, con nada más que perder, estaba lista para aprender las reglas del verdadero imperio.
Lejos de allí, en el corazón del desierto, el viento soplaba sobre la arena, borrando las huellas de los vehículos tácticos que se acercaban al Sector Gamma. Selena Ward, vestida con un traje de infiltración, miraba la entrada camuflada de la instalación subterránea. El juego había comenzado. Y el premio era el control del mundo.
