Parte II:
El silencio en el gran comedor de la mansión de los Valdivia era absoluto. Solo el respirar aún errático de Elena rompía la tensión de la escena. Lucas, con su pequeño traje gris, permanecía inmóvil, observándola con una intensidad que no correspondía a un niño de ocho años. Sus palabras, “Tú fuiste quien me ayudó a mí primero”, resonaban en la mente de Elena como un eco persistente, despertando recuerdos que ella creía haber enterrado bajo capas de éxito y elegancia.
La noche de lluvia. Esa imagen se abrió paso en su mente con la violencia de un trueno. Había sido hace siete años. Elena, entonces una joven y ambiciosa abogada, conducía a casa tras un caso particularmente agotador que involucraba… no quería pensar en ello. Trataba de evitar los recuerdos de ese caso. La lluvia caía a cántaros, transformando las calles de la ciudad en ríos oscuros. Fue entonces, bajo la tenue luz de una farola parpadeante cerca del puerto, que lo vio. Un bulto pequeño y empapado, acurrucado contra la pared de un callejón.
Era un niño pequeño, apenas un bebé, temblando incontrolablemente. No había nadie más a su alrededor. Solo la lluvia y la oscuridad. Elena había detenido el coche, lo había envuelto en su abrigo de lana y lo había llevado al hospital más cercano. Había asegurado que recibiera atención, y luego… luego las cosas se complicaron. Intervino Asuntos Sociales y ella, envuelta en sus propios secretos profesionales y en un inminente matrimonio por conveniencia con el influyente senador Valdivia, perdió el rastro del niño. Siempre había sentido una punzada de culpa por no haber hecho más.
Y ahora, ese niño estaba frente a ella, habiéndole devuelto la vida.
“¿Lucas?”, murmuró Elena, poniéndose en pie con cierta dificultad. Los invitados, entre ellos políticos y empresarios de alto nivel, observaban la escena con una mezcla de morbo y confusión. El senador Valdivia, su esposo, se acercó apresuradamente, su rostro una máscara de preocupación estudiada.
“¡Elena, querida! ¡Estás bien!”, exclamó, tomando su brazo de manera protectora pero con un agarre más firme de lo necesario. Su mirada se desvió rápidamente hacia el niño. “¿Quién eres tú, pequeño? ¿Cómo entraste aquí?”
Lucas no se inmutó ante el tono autoritario del senador. Mantuvo su atención fija en Elena.
“El servicio de catering me dejó pasar,” respondió el niño con voz calmada, aunque un ligero temblor en sus manos delataba su nerviosismo. “Mi madre trabaja en la cocina.”
“¿Tu madre?”, preguntó Elena, un escalofrío recorriendo su espalda. ¿Quién era la madre de este niño? Si ella lo había encontrado abandonado, ¿quién lo había adoptado? ¿O acaso la historia que le contaron en Asuntos Sociales no era cierta?
“Sí, señora,” continuó Lucas. “Ella me dijo que si alguna vez la veía a usted, debía darle las gracias.”
La tensión en el ambiente se podía cortar con un cuchillo. El senador Valdivia intervino, su tono ahora más cortante. “Bueno, ya lo has hecho, muchacho. Es un acto heroico, sin duda. Nos aseguraremos de que tu madre reciba una… compensación adecuada. Ahora, creo que es mejor que regreses a la cocina. Los adultos tenemos que ocuparnos de este incidente.”
Lucas asintió lentamente, pero antes de girarse, sacó un pequeño objeto de su bolsillo y lo deslizó discretamente sobre la mesa, justo al lado del plato de Elena. Era un medallón de plata, oxidado y manchado, con un extraño símbolo grabado en el centro.
“Ella también me dijo que le diera esto,” susurró Lucas, tan bajo que solo Elena pudo escucharlo. “Dijo que usted sabría qué significa.”
Elena miró el medallón y sintió que la sangre abandonaba su rostro. El mundo pareció detenerse a su alrededor. Ese símbolo… lo conocía demasiado bien. Era el mismo símbolo que había estado investigando hace siete años, justo antes de encontrar a Lucas. El caso que había intentado olvidar, el caso que involucraba a personas muy poderosas. El caso que, sospechaba, estaba relacionado con el repentino y misterioso ascenso político de su marido.
“¡Lucas, espera!”, exclamó Elena, dando un paso adelante, ignorando el brazo restrictivo del senador. Pero el niño ya se había deslizado entre la multitud de invitados asombrados y desaparecido por las puertas que conducían a las cocinas.
“Elena, por favor,” siseó el senador Valdivia al oído de su esposa, su voz perdiendo la fachada de amabilidad. “Estás montando una escena frente a personas muy importantes. Controla tus nervios.”
“Necesito hablar con la madre de ese niño,” exigió Elena, apartándose de su marido y tomando el medallón con mano temblorosa, escondiéndolo en su palma.
“Me encargaré de eso yo mismo,” dijo el senador, su mirada endurecida. “Tú ve a recomponerte. Ha sido un susto terrible.”
Elena asintió, fingiendo docilidad. Sabía que no podía confiar en él. Mientras se dirigía hacia sus aposentos privados, la mente de Elena trabajaba a toda velocidad. El encuentro con Lucas no había sido una coincidencia. Su madre, quienquiera que fuera, la había estado buscando. El medallón era un mensaje claro: el pasado que creía enterrado estaba a punto de resurgir con fuerza.
Al llegar a su habitación, Elena cerró la puerta con llave y examinó el medallón bajo la luz de una lámpara. Las iniciales ‘J.V.’ estaban grabadas sutilmente en el reverso. Las iniciales de su suegro, el difunto y temido patriarca de la familia Valdivia.
Una ola de terror helado la invadió. La noche en que encontró a Lucas… el callejón cerca del puerto. Ese puerto era propiedad de Industrias Valdivia. ¿Qué hacía un bebé abandonado allí en medio de una tormenta? ¿Y cómo era posible que ese mismo niño, siete años después, le salvara la vida y le entregara una prueba incriminatoria que relacionaba a la familia de su esposo con sus investigaciones pasadas?
Elena se acercó a su tocador y abrió un pequeño cajón secreto. De allí sacó un teléfono móvil prepago, uno que mantenía oculto desde hacía años. Era hora de hacer una llamada.
“¿Hola?”, respondió una voz cautelosa al otro lado de la línea.
“Soy yo,” dijo Elena, su voz firme a pesar del miedo. “Ha aparecido el medallón. Y el niño también. Tenías razón. Nunca estuvimos a salvo.”
La persona al otro lado guardó silencio por un momento prolongado.
“Prepara tus cosas, Elena,” dijo finalmente la voz. “Vienen a por ti. Y esta vez, no dudarán en matarte.”
La cena de gala continuaba en el piso de abajo, pero para Elena, el verdadero banquete de traiciones y secretos oscuros apenas acababa de servirse. La supervivencia no dependería de sus modales en la mesa, sino de qué tan dispuesta estaba a desenterrar los cadáveres que la familia Valdivia había intentado ocultar. Y el primer cadáver, sospechaba con un horror creciente, era la verdad sobre los padres biológicos de Lucas.
La tormenta no había hecho más que empezar.
