PARTE 3:
—No te atrevas a llamarlo tu hijo —le dije, apretando el celular con tanta fuerza que me dolieron los dedos.
Karla soltó una risa seca.
—Legalmente soy su madre. Tú eres una vieja metiche que tuvo suerte.
Mateo seguía en el hospital, custodiado por orden judicial. Yo miré hacia la ventana y sentí un miedo profundo, de esos que no vienen del cuerpo, sino del alma.
—Intentaste matarlo —le dije.
—No exageres. Acababa de parir sola, estaba alterada. Cualquiera comete errores.
Errores. Así llamó a meter a un recién nacido en una maleta y aventarlo al agua.
—¿Qué quieres, Karla?
Su voz cambió. Se volvió más dura.
—Quiero los documentos de la herencia de Julián. Quiero que retires tu declaración. Y quiero al niño. Mañana a medianoche, en el embarcadero viejo. Si llevas policías, desaparezco. Y si desaparezco, te juro que un día voy a volver por él.
Colgó.
Me quedé inmóvil. Por un segundo quise llorar, esconderme, pedirle a Dios que todo fuera una pesadilla. Pero luego recordé a Julián. Recordé su risa, sus manos llenas de grasa cuando arreglaba su taller, sus ganas de ser padre. No iba a dejar que Karla ganara.
Llamé a la agente Mariana. Por suerte, había grabado la llamada desde el primer segundo.
—Hizo bien, doña Teresa —me dijo—. Vamos a proteger al niño y vamos a hacer que ella hable.
A la noche siguiente, llegué al embarcadero viejo con un micrófono escondido bajo la blusa. Mateo estaba en un lugar seguro con una enfermera y dos agentes. Yo llevaba una bolsa con papeles falsos y el corazón golpeándome las costillas. El lago estaba oscuro. El viento movía las tablas viejas. Allí, años atrás, Julián había aprendido a pescar con su abuelo.
Karla apareció desde la bodega abandonada. Venía con el cabello cortado y teñido, lentes oscuros aunque era de noche, y una chamarra enorme.
—¿Dónde está el niño? —preguntó.
—Primero dime la verdad —respondí—. ¿Por qué mataste a mi hijo?
Karla sonrió como si hablar de Julián ya no le doliera nada.
—Porque se volvió estúpido. Se puso sentimental con el embarazo. Yo no me casé para cambiar pañales ni para quedarme encerrada cuidando bebés.
Sentí que el estómago se me revolvía.
—Él te amaba.
—Él me servía —corrigió—. Hasta que decidió dejarle todo a ese niño.
—¿Tú mandaste arreglar los frenos?
Karla levantó los hombros.
—Un mecánico con deudas hace lo que sea. Julián ni siquiera sufrió mucho. Deberías agradecerlo.
Me ardieron los ojos, pero aguanté.
—¿Y Mateo? ¿También te estorbaba?
—No le pongas nombre —escupió—. Era un problema. Tú lo convertiste en noticia.
Entonces sacó una pistola de la chamarra.
—Dame los papeles y dime dónde está.
Yo apreté el botón de emergencia que llevaba escondido en la bolsa.
—Mateo está donde tú nunca vas a poder tocarlo.
Karla levantó el arma. El disparo sonó antes de que pudiera moverme. Sentí un golpe ardiente en el hombro y caí sobre las tablas. Después vinieron luces, gritos, pasos corriendo.
—¡Policía! ¡Suelta el arma!
Karla intentó escapar hacia la bodega, pero no llegó lejos. La tiraron al suelo y la esposaron mientras gritaba que yo le había destruido la vida.
Cuando desperté en el hospital, la agente Mariana estaba junto a mi cama.
—La tenemos —me dijo—. Confesó todo. Lo de Julián, lo del bebé, las amenazas. También cayó el mecánico.
La bala no tocó el hueso. Sobreviví.
Karla no volvió a salir libre. En el juicio lloró, juró que estaba confundida, dijo que la maternidad la había rebasado. Pero las grabaciones, los mensajes y la confesión fueron más fuertes que sus lágrimas.
Meses después, el juez me dio la custodia definitiva de Mateo. No voy a mentir: criar a un bebé a mi edad no es fácil. Hay noches en que me duelen las rodillas, días en que el miedo vuelve cuando una camioneta pasa despacio frente a la casa. Pero luego Mateo se despierta, me mira con esos ojos iguales a los de Julián y me aprieta el dedo como aquella primera vez en la incubadora. Entonces entiendo que el dolor no desaparece, pero a veces aprende a respirar de nuevo.
Karla quiso hundir la verdad en el fondo de una presa. Pero no contó con que una abuela rota todavía puede meterse al lodo, enfrentar una pistola y pelear contra el mundo entero cuando lo único que le queda de su hijo sigue vivo entre sus brazos.
