El Precio de la Pintura: Cuando el Karma Tiene Cuatro Patas y un Secreto

Parte 2:

El agua sucia empapaba el teclado, silenciando el zumbido del ventilador de la laptop de Carlos en un siseo agonizante. Miró fijamente la pantalla en negro, el reflejo de su propia cara incrédula devolviéndole la mirada. A sus pies, “Sombra”, el perro callejero de pelaje desgreñado que solía acompañar a Don Manuel, el vendedor de juguetes, lo observaba con una intensidad inquietante. No era una mirada de perro pidiendo perdón; era una mirada de justicia cumplida.

Carlos, con el rostro enrojecido por la ira, se puso de pie de un salto, tirando la silla hacia atrás. ¡Ese perro sarnoso acababa de destruir el trabajo de semanas! El diseño de la nueva plaza comercial, los planos, los presupuestos… todo estaba en ese disco duro.

—¡Maldito animal! —rugió, buscando desesperadamente algo con qué lanzarle, pero Sombra ya se había escabullido entre las mesas del café al aire libre, perdiéndose en el bullicio de la calle empedrada.

La rabia hervía en la sangre de Carlos, pero una sensación fría, como un cubito de hielo deslizándose por su espalda, la acompañaba. ¿Cómo lo había encontrado el perro? El incidente con la pintura en el puesto de Don Manuel había sido a primera hora de la mañana, en la plaza principal, a varias manzanas de distancia. Carlos simplemente había pateado el bote de pintura roja porque estorbaba su camino apresurado, sin importarle que la espesa mancha arruinara docenas de caballitos de madera tallados a mano.

Se secó el sudor frío de la frente. Era absurdo. Era solo un perro. Un perro no planea venganzas. Un perro no te sigue por callejones estrechos hasta tu lugar de trabajo para sabotearte.

Sin embargo, al mirar de nuevo la laptop arruinada, la certeza de que aquello no era una simple coincidencia se instaló en su pecho. El universo, de alguna manera retorcida, le estaba pasando factura.

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De vuelta en su apartamento, un moderno y frío loft que contrastaba con las coloridas calles del pueblo, Carlos intentó calmarse con una bebida fuerte. Necesitaba recuperar esos archivos. Necesitaba que el departamento de IT hiciera un milagro el lunes a primera hora. Pero mientras daba vueltas por el salón, la imagen del rostro arrugado y entristecido de Don Manuel, manchado de pintura roja, volvía a su mente una y otra vez.

No era culpa, se decía a sí mismo. Era estrés. La presión del proyecto lo estaba afectando.

A la mañana siguiente, sábado, Carlos decidió que la mejor forma de espantar esa extraña paranoia era enfrentarla. Iba a buscar al viejo. Iba a pagarle por los estúpidos juguetes y dar por terminado el asunto. El dinero lo arreglaba todo, esa era la máxima por la que se regía su vida.

Caminó hacia la plaza principal, el aire de la mañana aún fresco. Sin embargo, al llegar al lugar habitual donde Don Manuel instalaba su modesto puesto, solo encontró el suelo adoquindo, aún con una leve mancha rosada donde la pintura roja no había sido limpiada del todo.

Preguntó a la señora de los tamales, al vendedor de periódicos, al limpiabotas. Todos le daban la misma respuesta evasiva, acompañada de miradas extrañas, casi de lástima.

—Don Manuel no vino hoy, señor. Y no creo que venga en un buen tiempo —le dijo finalmente doña Rosa, la florista, bajando la voz como si compartiera un secreto prohibido.

—¿Por qué? ¿Está enfermo? Puedo enviarle a un médico si es necesario —ofreció Carlos, sacando su billetera en un gesto instintivo.

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Doña Rosa negó con la cabeza, su expresión ensombreciéndose.

—No es enfermedad del cuerpo, señor. Es otra cosa. Ese incidente con la pintura… desató algo.

—¿Desató algo? ¿De qué está hablando, señora? Solo fue pintura —Carlos resopló, impacientándose con las supersticiones del pueblo.

—Usted no es de aquí, muchacho. No sabe quién es realmente Don Manuel, ni por qué hace esos juguetes. Esa pintura roja… no era solo pintura.

Carlos sintió que el frío regresaba a su espalda.

—Explíquese —exigió, la molestia en su voz ya no ocultando del todo su inquietud.

—Don Manuel lleva tallando esos juguetes durante cincuenta años. Cada uno, dicen, contiene una promesa. La pintura roja… era para marcar aquellos que ya no pueden cumplirla. Ayer, usted arruinó la madera, pero rompió algo más profundo.

Carlos soltó una carcajada seca, forzada. —Tonterías. Cuentos de viejas. ¿Dónde vive? Iré a verlo yo mismo.

Doña Rosa le dio una dirección en las afueras del pueblo, cerca de las ruinas del antiguo convento. Un lugar que todos los locales evitaban cuando caía el sol.

—Vaya si quiere, señor. Pero le advierto que Sombra no es el único que cuida de Don Manuel. Y el agua derramada sobre su máquina… eso fue solo el primer aviso.

Carlos se alejó de la florista con paso firme, intentando sacudirse la sensación de malestar. ¿Avisos? ¿Promesas en juguetes de madera? Todo era ridículo. Pero mientras se dirigía hacia las afueras, dejando atrás las calles concurridas y adentrándose en el silencio sepulcral que rodeaba el viejo convento, el sonido de sus propios pasos le pareció demasiado ruidoso.

Llegó a una casa de adobe, pequeña y deteriorada, con un jardín silvestre que amenazaba con tragarse la estructura. No había cerca, ni puerta principal visible. Solo un viejo porche de madera que crujía bajo sus pies.

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Alzó la mano para llamar a la puerta, pero se detuvo en seco.

Desde el interior de la casa, no se escuchaba el sonido de herramientas de tallado, ni la tos de un anciano. Se escuchaba un murmullo. Decenas, quizás cientos de voces susurrantes, hablando en un idioma que Carlos no podía comprender, pero que le helaba la sangre.

Y entonces, la puerta se abrió lentamente, revelando no a Don Manuel, sino a Sombra. El perro lo miraba fijamente, pero esta vez, sus ojos no eran los de un animal de la calle. Brillaban con una inteligencia antigua y aterradora, reflejando una luz rojiza que no provenía de ninguna fuente natural.

Carlos dio un paso atrás, el terror finalmente apoderándose de él. De repente, entendió que el balde de agua no había sido venganza. Había sido clemencia. Le había impedido seguir trabajando en los planos del centro comercial. Planos que requerían la demolición de este mismo terreno.

El murmullo dentro de la casa se hizo más fuerte, transformándose en un cántico rítmico y amenazador. Sombra dejó escapar un gruñido bajo y profundo, mostrando los dientes.

Carlos supo, con una certeza absoluta, que la historia de la pintura roja acababa de comenzar. Y que los secretos que aguardaban en la oscuridad de esa casa de adobe estaban a punto de cambiar su vida, y quizás la de todo el pueblo, para siempre.

Lo que le haces a otros puede regresar… pero a veces, lo que regresa es algo que nunca hubieras imaginado.

La verdad sobre los juguetes, el origen de Sombra y el terrible secreto que Don Manuel esconde en el sótano del convento se revelarán en la Parte 3…

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