Parte 2:
La pesada puerta de roble cedió con un gemido sordo. Elena esperaba encontrar la típica escena de traición clandestina: ropa esparcida, susurros culpables, la vergüenza al descubierto. Estaba preparada para la rabia, para el dolor desgarrador. Pero lo que encontró al cruzar el umbral la dejó completamente paralizada, robándole el aliento de una manera mucho más aterradora.
La habitación no era un dormitorio de invitados ni un despacho privado. Parecía más bien una sala de control abandonada o un quirófano improvisado. La luz parpadeante de unos pocos fluorescentes revelaba paredes cubiertas de pantallas apagadas y mapas intrincados unidos por hilos rojos.
No había ninguna mujer. No había rastro de infidelidad carnal.
En el centro de la estancia, su marido, Alejandro, no estaba en brazos de una amante. Estaba arrodillado en el suelo, con el esmoquin manchado de lo que parecía ser polvo y… ¿sangre? Frente a él, abierto de par en par, había un viejo maletín metálico.
Alejandro levantó la vista al escuchar la puerta. Su rostro, habitualmente sereno y seguro, era una máscara de puro terror y desesperación. No parecía el magnate poderoso con el que se había casado, sino un animal acorralado.
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—Elena… —susurró, con la voz quebrada—. No debías estar aquí. No debías ver esto.
Ella dio un paso al frente, la indignación dando paso a una fría ola de confusión y miedo. El aire en la habitación olía a ozono y a hierro viejo.
—¿Qué es todo esto, Alejandro? —exigió, su voz sonando extrañamente firme a pesar del temblor en sus manos—. ¿Dónde está…? La camarera me dijo…
Alejandro soltó una risa seca, un sonido rasposo que no tenía nada de humor. Se puso de pie tambaleándose, bloqueando deliberadamente la vista del maletín.
—¿La camarera? —escupió la palabra como si fuera veneno—. No hay ninguna camarera, Elena. Ellos te enviaron. Quieren que lo veas para controlarme.
—¿Quiénes son ‘ellos’? ¡Explícate de una vez! —Elena avanzó otro paso, desafiante, y su mirada se desvió más allá de Alejandro.
Detrás de él, en las sombras de la esquina de la habitación, distinguió una silueta. Alguien más estaba allí. Alguien inmóvil.
Alejandro siguió su mirada y cerró los ojos con fuerza, como si esperara un golpe.
—Es el final de todo lo que construimos, mi amor —dijo él, y por primera vez, Elena notó que sostenía algo en su mano derecha. Un pequeño dispositivo negro con un solo botón rojo parpadeando—. Y lo peor… es que tú no eres quien crees ser. Y yo tampoco.
El dispositivo emitió un pitido agudo. Las pantallas de la pared se encendieron simultáneamente, mostrando cientos de rostros familiares: invitados de la fiesta, políticos, figuras públicas. Y sobre cada rostro, un sello rojo brillante con una sola palabra: “OBJETIVO”.
Elena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. La supuesta infidelidad de su esposo era solo el velo más fino ocultando un abismo que estaba a punto de devorarla por completo. Y la silueta en la esquina acababa de dar un paso hacia la luz.
(Continuará…)
