Parte 2:
El silencio en el patio era absoluto. Las palabras del hombre de traje negro colgaron en el aire, pesadas y definitivas. La chica de la sudadera gris —cuyo nombre, hasta ese momento, nadie parecía recordar o importar— asintió levemente, sin mostrar sorpresa alguna.
—Dile a mi padre que llegaré en cinco minutos, Marcus —respondió ella, su voz suave pero con una autoridad innegable.
La rubia, aún desparramada en el suelo y con la mejilla enrojecida, intentó balbucear algo. Su séquito habitual, antes dispuesto a reír sus crueles bromas, ahora la observaba con una mezcla de pánico y repulsión, distanciándose sutilmente de ella.
—Tú… ¿quién eres? —logró articular la rubia, la voz temblorosa, finalmente encontrando las palabras que todos en el instituto se preguntaban.
La chica de la sudadera, ahora flanqueada por la escolta de hombres de traje, la miró por última vez. La furia fría había desaparecido, reemplazada por una indiferencia gélida.
—Alguien que nunca debiste haber cruzado, Chloe —dijo simplemente, utilizando el nombre de la agresora por primera vez. Se giró hacia Marcus—. Vámonos. No quiero retrasar la reunión del consejo.
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Mientras la comitiva se alejaba con paso firme hacia la salida del instituto, el estupor estalló en un frenesí de murmullos y especulaciones. Los teléfonos móviles comenzaron a grabar, capturando la partida de la “don nadie” escoltada como una jefa de estado.
¿Un jet privado? ¿Una reunión del consejo? ¿Quién era realmente esta chica que había mantenido un perfil tan bajo, soportando burlas, mientras llevaba en su muñeca una fortuna y era protegida por hombres que parecían salidos de una película de acción?
En la limusina que la esperaba afuera, la chica se acomodó en el asiento de cuero negro y suspiró. Se quitó la capucha gris, revelando un rostro cansado. Marcus, sentado frente a ella, le tendió un iPad con una serie de gráficos financieros en rojo.
—La situación en Europa ha empeorado, Señorita Vane —informó Marcus en tono sombrío—. Su tío ha convocado una votación de emergencia. Creen que su padre está demasiado débil para mantener el control.
Ella cerró los ojos por un instante. El pequeño incidente en el instituto era un juego de niños comparado con la tormenta que se avecinaba en la verdadera arena. El brazalete de diamantes no era solo una joya; era la llave de acceso a la bóveda principal de la familia, un recordatorio constante de su destino.
—Déjalos que crean eso, Marcus —dijo, abriendo los ojos, ahora brillando con una determinación implacable—. Hoy, el mundo conocerá a la verdadera heredera del imperio Vane. Y mi tío será el primero en caer.
El coche aceleró, alejándose del instituto y adentrándose en un mundo de poder, traición y secretos que apenas comenzaban a salir a la luz…
