Parte 2:
La lluvia comenzó a caer justo cuando el hombre del traje oscuro salió del supermercado, con el cuello de su abrigo levantado contra el viento helado. Su nombre era Mateo, o al menos ese era el nombre que utilizaba en esta ciudad. Se detuvo un momento bajo el toldo parpadeante, observando la dirección en la que la niña rubia había desaparecido.
No había pagado la leche solo por compasión.
La niña, con su suéter raído y sus ojos desesperados, le resultaba dolorosamente familiar. Era casi una réplica exacta de alguien que había conocido hacía mucho tiempo… alguien que se suponía que estaba muerto.
Mateo subió a su coche, un modelo discreto y gris, y encendió el motor. Mientras sus limpiaparabrisas rítmicamente apartaban la lluvia, su mente retrocedió quince años. Recordó el incendio, los gritos, y el rostro infantil que nunca pudo olvidar. ¿Cómo era posible? La niña en el supermercado no podía ser ella, pero el parecido era imposible de ignorar. Y luego estaba la mención de la “mamá muy enferma”.
Decidió seguirla. A una distancia prudencial, Mateo recorrió las calles mal iluminadas del barrio periférico hacia donde había visto correr a la pequeña.
Tras varias vueltas por callejones estrechos, la vio. La niña entraba apresuradamente en un bloque de apartamentos ruinoso, cuya fachada descascarada parecía llorar con la lluvia. Mateo aparcó un par de calles más allá y caminó bajo el aguacero, acercándose a la entrada.
El vestíbulo olía a humedad y a abandono. No había nombres en los buzones oxidados. Mateo subió por las escaleras chirriantes, guiándose solo por la intuición y el débil eco de unos pasos apresurados pisos arriba. Al llegar al tercer piso, escuchó una voz tenue a través de una puerta entreabierta al final del pasillo. Era la niña.
—Ya estoy aquí, Lucas. Traje leche —decía la voz infantil, llena de alivio.
Mateo se acercó sigilosamente a la puerta. A través de la rendija, vio el interior del apartamento: escasamente amueblado, iluminado por una sola bombilla desnuda. La niña estaba de espaldas, sirviendo la leche en un vaso para un niño más pequeño que lloriqueaba en un colchón en el suelo.
Pero lo que heló la sangre de Mateo no fue la pobreza del lugar. Fue la voz que respondió desde las sombras de la habitación contigua.
—Hiciste bien, pequeña. ¿Nadie te siguió?
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La voz de la mujer era ronca, débil, pero llevaba un eco que Mateo reconocería en cualquier parte del mundo. Un eco del pasado que él mismo había intentado borrar.
Mateo empujó la puerta con suavidad. La mujer en las sombras se giró bruscamente. Y al ver su rostro, demacrado pero inconfundible a la luz del pasillo, Mateo supo que su pasado lo había alcanzado de la forma más aterradora posible.
¿Quién es realmente esta mujer y qué conexión secreta tiene con el pasado oscuro de Mateo? Las respuestas cambiarán todo lo que crees saber. Descubre la verdad que estuvo oculta durante 15 años en el próximo capítulo.
